Blog de Langhorne

Olor a café

Antes de despertarme, ya llega a mi nariz el aroma intenso, ligeramente amargo, del café. 

La abuela se ha levantado, como siempre, hace ya rato. Ha encendido la caldera, ha puesto el pucherete al fuego y solo cuando el olor del café empieza a invadir la pequeña casa, se levanta el abuelo y va a despertarnos con su "¡Mochuelos!" con el que nos saca de la cama cada día.  La abuela enreda en la cocina preparando el desayuno para todos. 

Yo me acurruco entre las mantas, hace mucho frío. Sé que en apenas unos minutos la abuela vendrá con mi ropa y me hará salir de la cama entre besos y pellizcos. El agua helada al lavarme la cara, cuchillos que atraviesan mi piel infantil. El olor del café lo impregna todo, aspiro hondo para atrapar su esencia dentro de mi nariz e intento aguantar lo más posible sin dejar salir el aire, hasta que no aguanto más y lo suelto con un gritito.

Ya en la cocina, me espera un tazón de leche a medias, y empieza el pulso con la abuela. Dice que soy muy pequeño para tomar café pero yo nunca he querido desayunar esos preparados dulzones de cacao. Acaba claudicando, como cada mañana, y añadiendo un buen chorro de café en mi tazón a través de esa manga de algodón que usa para colarlo. Sé que secretamente, la abuela se siente orgullosa de que haya heredado su pasión por este líquido oscuro, amargo, de penetrante fragancia. 

La rutina se repite cada día, durante años. Yo me iré haciendo mayor, cambiaré el café de la abuela por una de esas modernas máquinas, ¿quién tiene tiempo para preparar café de puchero cada mañana? 

Un día, la abuela se irá para siempre. Pero no del todo, el olor del café me la traerá de vuelta y volveré a ser un niño en su cocina, mientras cierro los ojos y aspiro hondo para dejar que el aroma y los recuerdos me atrapen.


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